Visitamos Santa Sofía, La Mezquita Azul y el Gran Bazar de Estambul. Días 1 y 2.

Interior de la Basílica de Santa Sofía

Interior de la Basílica de Santa Sofía

Pese a que Turquía se encuentra en una zona tradicionalmente inestable, a caballo entre los Balcanes y Oriente Medio, Estambul es sin duda una de las ciudades con mayor y más desmedido patrimonio del mundo, por lo que es necesario visitarla más tarde o más temprano.

No hay que olvidar, que desde su fundación como colonia griega, allá por el siglo VII a.C., la antigua Bizancio, posterior Constantinopla y ahora Estambul ha gozado de una estratégica situación geográfica. Asomada a ambos lados del estrecho del Bósforo, paso obligado de cualquier embarcación entre el mar Negro y el Mediterráneo o de cualquier trayecto por tierra entre Europa y Asia menor. La ciudad se convirtió pronto en una codiciada plaza para las distintas potencias que han dominado Europa y el próximo Oriente.
En el año 330 d.C. fue declarada capital del decadente Imperio romano, fue después durante 1000 años capital del Imperio Bizantino, también del efímero Imperio latino y posteriormente durante casi 500 años fue la capital Otomana. Y aunque en la actualidad sea Ankara la capital administrativa de Turquía, Estambul sigue siendo el verdadero centro cultural y económico del país.

El hecho de que Estambul haya sido capital de un imperio durante 1600 años es algo que se respira en el ambiente, que resulta palpable y evidente al pasear por muchas de sus calles, aunque uno desconozca la historia de la ciudad.
Estambul, en especial, el fastuoso barrio de Sultanahmet derrocha una magnificencia difícil de igualar por ninguna otra ciudad del mundo. En este lugar se superponen, como los estratos de una roca, joyas arquitectónicas pertenecientes a las distintas civilizaciones, culturas y religiones que han pasado por aquí a lo largo de los siglos.
Foto aérea de Sultanahmet (Foto: propertyturkey.com)

Mosaico Conmeno. Virgen con el niño con Juan II Comneno y la emperatriz Irene.

Mosaico Comneno. Virgen con el niño, Juan II Comneno y la emperatriz Irene.

Aprovechando los días libres que nos proporcionaban las fiestas de Navidad mis amigos y yo decidimos pasar unos días en Estambul. De manera que compramos un billete de avión con ida el 27 de diciembre para volver el mismo día de año nuevo, que salía bastante económico, porque la gente no suele volar ese día. Además el invierno no es una mala época para visitar la ciudad y evitar las altas temperaturas de los meses centrales del año.
Nuestro vuelo de Lufthansa llegó por la tarde, de manera, que no teníamos previsto nada salvo un paseo por las inmediaciones del hotel. Afortunadamente habíamos reservado en el The Empress Theodora, un hotel de nivel medio, muy agradable, con una ubicación extraordinaria: A pocos metros de la antigua basílica de Santa Sofia y del acceso al Palacio de Topkapi, en pleno barrio de Sultanahmet.

Muy cerca del hotel cambiamos dinero a la moneda local, la lira turca. Lo cierto es que en Sultanahmet no es necesario buscar una oficina de cambio (Mertkaya Döviz, en turco) es habitual tropezarse con alguna, sobre todo en el entorno del Grand Bazar. Cómo íbamos a estar varios días en Estambul nos hicimos también con una Istanbulkart que funciona como una tarjeta monedero (se recarga) y sirve para todo tipo de transportes de la ciudad, ya sea tranvía, metro, autobuses, ferris o el funicular.
Paseamos por los jardines que hay entre las imponentes Santa Sofía y la mezquita del Sultan Ahmet (o Mezquita azul) y el contiguo hipódromo. En éste último todavía quedan en pie los dos obeliscos uno traído de Egipto y otro romano construido por el emperador Constantino. Gran parte de los restos del antiguo hipódromo permanecen todavía bajo tierra ya que no ha habido hasta la fecha excavaciones minuciosas en la zona.

Cenamos en un pequeño restaurante local diversas variaciones del típico kebab, y probamos algunos de sus refrescos. Recomiendo encarecidamente la limonata Uludağ, si alguien va a Turquía que me traiga, por favor.

Mezquita Azul o del Sultán Ahmed

Mezquita Azul o del Sultán Ahmed

Al día siguiente recorrimos los 3 minutos que nos separaban de Santa Sofia, que cómodo ¿verdad? Y nos pusimos a la cola para acceder a la antigua basílica ortodoxa. Curiosamente su nombre no hace referencia a ninguna santa de nombre Sofia, sino a la sabiduría ((Σoφíα, en griego).
La actual iglesia fue construida por Justiniano I (entre 532-537) sobre la base de otras dos iglesias anteriores. Según un historiador contemporáneo de la obra, se emplearon más de 10.000 personas para erigirla, lo que puede dar una idea de la magnitud de la construcción.

El arte bizantino, del que Santa Sofía es uno de sus modelos más exquisitos, es un maravilloso mestizaje de Occidente con Oriente, tanto en lo referente a elementos arquitectónicos como decorativos. Para contribuir a esa mezcla se añadieron durante el periodo otomano diversos elementos, entre ellos sus característicos minaretes.

Cuando, al cabo de un rato, pudimos entrar en el interior del edificio, percibimos una gran diferencia con las catedrales cristianas que conocíamos. En la basílica ortodoxa de Santa Sofía (ahora museo secularizado) todo giraba en torno a la enorme cúpula central de 56 metros de altura que creaba bajo ella un espacio amplio, diáfano y compacto (había un colosal entramado de andamios en un lateral, pero eso creo que no era bizantino). También nos sorprendió el tremendo colorido de los muros, en tonos ocres y naranjas con llamativas decoraciones, nada que ver con la tremenda sobriedad exterior. Aunque los elementos más destacables de Santa Sofía son probablemente sus extraordinarios mosaicos religiosos. Muchos de ellos fueron destruidos y otros cubiertos durante la época de dominación otomana. Pero los que se han conservado son de una calidad exquisita.

Cómo perfecto contrapunto a Santa Sofía se encuentra al otro lado de la plaza, la Mezquita Azul. La construyó el sultán Ahmed con la intención de convertirla en la mayor y más importante mezquita otomana. De hecho es la única en toda la ciudad que cuenta con seis alminares. Su construcción finalizó en 1617 por lo que aunque no lo parezca hay más de 1000 años de diferencia entre ambos edificios.

Puesto de telas en el Gran Bazar de Estambul

Puesto de telas en el Gran Bazar de Estambul. Foto Juanjo (CdV)

El interior de la mezquita Azul, cubierta de miles de azulejos, resplandece, brilla y se encuentra absolutamente impoluta pese a ser la más visitada de la ciudad. Mientras que en Santa Sofía estaba repleto de turistas, gran parte de ellos occidentales, en la mezquita al ser un lugar de culto la mayoría eran fieles. Además el ambiente era mucho más respetuoso y sosegado.

Esta era la primera mezquita que pisábamos en Estambul, por lo que todavía no estábamos familiarizados con el ritual de descalzarse, dejar los zapatos en la entrada o llevarlos consigo (según lo que hicieran los locales). También debíamos vestir con decoro y las mujeres cubrirse la cabeza. Después de algunos días en la ciudad, todo este proceso lo hacíamos casi de manera inconsciente.

Tras haber visitado los lugares más abarrotados de la ciudad, decidimos andar por callejas menos transitadas. Fuera de los lugares más turísticos, apenas se veía más que gente local, casi como si estuviéramos en algún alejado barrio periférico. Estambul es una ciudad en la que puedes pasar de la fastuosidad de un palacio de mármol a unos edificios destartalados y medio derrumbados apenas dos calles más allá. Es un contraste tan brutal que no deja de tener cierto encanto.
Callejeando llegamos hasta la antigua iglesia bizantina de San Sergio y San Baco, uno de los edificios más antiguos de la ciudad y más conocida como la Pequeña Santa Sofía, porque se cree que sirvió de modelo a la gran basílica que acabábamos de ver. Su exterior estaba construido con materiales muy modestos: ladrillo y mortero, pero el interior había sido convertido en mezquita y se había cubierto de lujosas decoraciones en la época otomana.

Bazar de las Especias

El paraiso de los sentidos. Bazar de las Especias. Foto Patricia (CdV)

Por fin llegamos al Gran Bazar. Que haya devenido en una especie de laberinto de tiendas para turistas no le quita todo su encanto, es parte de su idiosincrasia. Es un lugar para perderse por los pasillos, con los ojos muy abiertos y camuflándose entre el bullicio.
Nos deleitamos con los colores llamativos de las telas, los hermosos techos abovedados, las texturas tersas de las alfombras, los gritos y las sonrisas de los vendedores.

Y sin embargo lo mejor estaba por llegar. A unos 10 minutos en dirección al gran puerto de Eminönü se encontraba el Bazar de las Especias. Es mucho más pequeño que el anterior pero en él se venden todo tipo de alimentos, no solamente las especias que le dan nombre sino también frutos secos, dátiles, dulces, embutidos, conservas, quesos… Recorrimos los pasillos sin prisa, dejándonos llevar por los sentidos, sin rumbo aparente, como un insecto en un campo de flores.
Los puestos olorosos y coloridos, estaban colocados con esmero por los tenderos, eran un verdadero deleite para los ojos. Las especias son un condimento que me parecen terriblemente atractivas, ¿cómo unos pocos granitos pueden condicionar de tal manera el sabor de una comida?

Enlaces de interés:
The Empress Theodora Hotel
Istanbul Kart
Hagia Sophia Museum