El parque de Nara acoge el Todaiji, el edificio de madera más grande del mundo y cientos de dóciles ciervos

Jardín de Yoshiki-en (Nara)

Jardín de Yoshiki-en (Nara)

Llevábamos ya un buen puñado de días en Japón y en el día de hoy se nos acababa ese magnífico invento llamado Japan Rail Pass. Habíamos recorrido miles de kilómetros, visto muchos lugares y cruzado la mayor isla japonesa, la de Honshu, casi de punta a punta. Nos íbamos a despedir del JRP en una de las ciudades más bellas de Japón: Nara.

Esta ciudad fue capital del archipiélago durante varias décadas en el siglo VIII, y aunque fue por un corto periodo de tiempo y ha llovido mucho desde entonces, gran parte de aquella magnificencia y suntuosidad permanece inalterada en Nara.
Nuestra base de operaciones estaba en Kioto, la ciudad que sustituyó a Nara en la capitalidad, situada tan solo a 40 kilómetros al norte. De manera que en apenas una hora de tren nos encontrábamos ya en Nara.

A la salida de la estación se encontraba la amplia y práctica oficina de turismo, dónde conseguimos algunos mapas y varios cuños con motivos de ciervos. En Japón era bastante habitual encontrarse, en las oficinas de turismo y en algunas estaciones de tren, bonitos cuños de cada lugar. Algo que puede ser muy divertido si se viaja con niños o no tan niños, porque a nosotros nos hizo mucha gracia buscar los cuños.

Tomamos Sanjo dori, la principal calle comercial de la ciudad y al cabo de un rato subimos los pocos peldaños que nos llevaban hasta el Kofukuji, un templo budista datado en la época en que Nara era capital y que contaba según parecía con más de 150 edificios, como fastuosa prueba del poder Fujiwara, la familia dominante en la época. En la actualidad no llegaban a la decena de construcciones pero de una bella factura.

Daibutsuden, templo principal del Todaiji (Nara)

Daibutsuden, templo principal del Todaiji (Nara)

Lamentablemente parecía que minutos antes un trasatlántico hubiera soltado su carga de turistas y escolares porque la densidad de población en aquel lugar no era normal. Para completar la decepción algunos de los más importantes edificios, entre ellos el Salón Dorado, se encontraban en obras y totalmente cubiertos por andamios, de manera que nos contentamos con disfrutar de la espléndida pagoda de cinco pisos. Las obras de restauración se demorarán en distintas fases hasta 2023, por lo que pasarán años hasta que se pueda disfrutar del Kofukuji en todo su esplendor.

Entramos en el parque, dónde ya empezaban a verse los primeros ciervos sica por allí sueltos, que indolentes, se dejaban acariciar por la gente sin apenas pestañear. Los más hambrientos se arremolinaban en torno a los puestecillos de venta de galletitas para ciervos, acosando a los turistas, en una curiosa forma de mendicidad animal.

Huyendo de las manadas de personas y ciervos nos dirigimos hacía el Yoshiki-en koen, un jardín japonés algo recóndito a espaldas del parque de Nara y cercado por un muro blanco no muy alto que permitía atisbar las copas de los árboles del interior.
El Yoshiki-en era gratuito para los extranjeros y la simpática mujer de la taquilla no consintió que le mostráramos nuestro pasaporte, ya que aseguraba que no éramos japoneses. ¿Tanto se nos notaba?

Lo más destacable del Yoshiki-en era que podíamos disfrutar de tres de los tipos de jardín japonés en un único lugar, ya que tenía un jardín con estanque, otro con musgo y otro con una casita para la ceremonia del té.
Pese a tratarse de unos jardines mucho más pequeños y modestos, que por ejemplo los Koko-en de Himeji que habíamos visitado un par de días antes, tenían el encanto de que en muchas zonas, aparentemente se había permitido a la naturaleza crecer a su libre albedrío. Además todo indicaba que el Yoshiki-en quedaba fuera de las típicas rutas turísticas ya que éramos los únicos visitantes del jardín, lo nos permitió recorrerlo con toda tranquilidad, deteniéndonos a ver los suelos tapizados de musgo o la impresionante colonia de arañas ralladas que esperaban pacientemente en sus telas, la torpeza de algún insecto volador.

Buda sentado de bronce en el templo Todaiji

Buda sentado de bronce en el templo Todaiji

Volvimos al parque de Nara y enfilamos el ancho paseo central que llevaba hasta el Todaiji protegido por un amplio recinto rectangular que tenía un monumental pórtico central (Chuu-mon) en blanco y rojo con el sinuoso tejado oscuro característico de los templos nipones.
Aunque la entrada no era precisamente barata, el Daibutsuden (el templo principal del Todaiji) era un edificio que había que visitar de manera inexcusable en Nara y pronto descubrimos porque. Si la puerta del recinto nos había parecido grande, el templo era inmenso e iba agigantándose según nos acercábamos. Pero no solamente sorprendía su tamaño (57m de ancho de fachada x 50.5m de largo x 48.7m de alto) si no también su fachada blanca, rayada por largos listones de madera que debían ser árboles centenarios enteros. O sus dos descomunales techos de tejas uno encima del otro que recordaban a cascos de samurái.

Subimos la escalinata del edificio y entramos al interior donde nos esperaba majestuoso un Buda sedente de 15 metros. A pesar de la afluencia de gente y el “clickeo” continuo de las cámaras fotográficas, la imagen del Buda seguía siendo impresionante y no podíamos dejar de mirarlo. Lo rodeamos y en la parte de atrás había más imágenes de otros dioses del budismo de aspecto muy beligerante que contrastaban con la serenidad del gran Buda de bronce.

Dentro del inmenso parque de Nara, que en su zona oriental se iba transformando en bosque, había varios templos, de los cuales otro muy visitado era el de Kasuga-taisha, famoso por sus miles de lámparas encendidas. Sin embargo habíamos leído en diversos blogs que no merecía demasiado la pena y optamos por no ir.

Muy cerca del Todaiji subiendo una cuesta muy pronunciada estaban los templos de Nigatsu-do y Sangatsudo que podían visitarse libremente. Tras una bonita escalera flanqueada de grandes linternas japonesas llegamos a una placita en el que estaba el Sangatsudo. El otro templo budista, el Nigatsu-do se encontraba aún más arriba en lo alto de la colina.

Pero el esfuerzo valió la pena, desde el templo de Nigatsu-do pudimos disfrutar de una panorámica espectacular del parque y a lo lejos también se distinguía la ciudad de Nara. Alrededor del edificio colgaban hileras de lámparas y linternas que le conferían cierto encanto al ajado templo.

Cogimos nuestro mapa y nos dirigimos hacia el barrio más tradicional de la ciudad, llamado Naramachi que quedaba aproximadamente a media hora andando. Recorrimos con agrado Mochiidono (もちいどのセンター街), una calle comercial cubierta, que iba de Norte a Sur, con todo tipo de tiendas de recuerdos, de dulces, cafeterías y restaurantes. En una de las tiendas compramos todos unos bonitos tazones decorados, había que aprovechar ya que los precios en Nara eran más asequibles que en otras ciudades como Tokio o Kioto.

Calle comercial del barrio tradicional de Naramachi

Calle comercial del barrio tradicional de Naramachi

Buscamos dónde comer y acabamos en una taberna tradicional dónde no debían haber visto un extranjero hacía mucho tiempo. Nos gusta evitar los restaurantes más turísticos y en aquel, como en muchos otros de Japón tenían en la entrada unas replicas en plástico de sus platos (sampuru). Así que nos bastó con señalar cada uno el suyo. La taberna era muy modesta y casi todos los platos se basaban en arroz con mucha cebolla a los que se podía añadir carne empanada o una especie de tortilla bañada en soja.

El barrio de Naramachi probablemente no era tan bonito como otros barrios antiguos, por ejemplo de la cercana Kioto, pero resultaba muy auténtico con sus comercios tradicionales, sus calles modestas y agradables y sus escasos turistas.

Naramachi tenía varios pequeños museos pero el más interesante quizá era el Naramachi Lattic House (o Koshi-no-Ie Residence). Se trataba de una antigua casa o machiya, cuya parte delantera estaba destinada a fines comerciales mientras que la trasera servía como vivienda. La machiya se encontraba perfectamente conservada, incluyendo un pequeño jardín interior y mostraba el mobiliario y el modo de vida en una casa tradicional de siglos atrás. Estaba fundamentalmente construida en madera y con las típicas puertas correderas de papel, resultaba tremendamente agradable y acogedora. Una visita muy recomendable para toda persona interesada en la cultura japonesa como nosotros, además no solamente era gratuita sino que la taquillera tuvo el detalle de regalarnos una figura de origami a cada uno.

Torii del Fushimi Inari (Kioto)

Lámpara y torii rojos del Fushimi Inari (Kioto)

De vuelta a nuestro hotel en Kioto nos bajamos en la estación de Inari, una parada casi en las afueras de la ciudad, para visitar el celebérrimo templo de Fushimi Inari Taisha con sus miles de torii rojos. Subimos la montaña por empinados senderos pasando por debajo de los llamativos torii.
El templo está dedicado al espíritu de Inari, asociado a las buenas cosechas en especial de arroz pero por extensión también al exito en los negocios y la riqueza por lo que durante años mucha gente donó torii por ello.

Probablemente el atardecer era el momento más propicio para visitarlo ya que la luz tenue originaba un ambiente encantador. Lástima que otras miles de personas hubieran pensado lo mismo y casi era imposible fotografiarse a solas. Nosotros fuimos a principios de octubre, comienzo de la temporada alta pero en otras temporadas sin duda se puede visitar con más tranquilidad.

Enlaces de interés:

Templo Kofukuji
Jardín Yoshiki-en
Templo Todaiji (página oficial)
El gran Buda de bronce
Estupendos artículos sobre arquitectura japonesa (en español)
Barrio de Naramachi
Santuario de Fushimi Inari

Diario de viaje a Japón:
Cómo preparar un viaje a Japón por tu cuenta
Hotel, ryokan, minshuku, templo y machiya. Cómo elegir el mejor alojamiento en Japón.
El itinerario definitivo del viaje a Japón.
Día 1. Llegada a Tokio Haneda. Curioseando por Harajuku y Shibuya.
Día 2. Tokio tradicional con guía. Asakusa, Yanaka y Ueno.
Día 3.Perdiéndonos por el mercado de Tsukiji y Shinjuku.
Día 4. Excursión a Nikko. Una montaña llena de templos.
Día 5. El día que todo salió bien. Shirakawa-go y Takayama.
Día 6. Ruta por Kamikochi en los Alpes japoneses y Takayama.
Día 7. Por el corazón de Japón. En tren desde Takayama a Kioto
Día 8. Amenaza de tifón, el castillo de Himeji y otros cambios de planes
Día 9. La isla de Miyajima. Mucho más que el torii flotante.
Día 10. Nara. La ciudad del gran Buda de bronce
Día 11. Primer día en Kioto: El pabellón dorado y el Castillo de Nijo.
Mapas de Japón