Una ruta de contrastes por Estambul. Cruzando el Bósforo de Europa a Asia

Patio de la sultana madre en el Harem (Palacio de Topkapi)

Patio de la Sultana madre en el Harem (Palacio de Topkapi)

En nuestro segundo día en Estambul habíamos planeado varias visitas muy distintas entre sí, cosa que en esta magnífica ciudad, tampoco era demasiado complicado.
Íbamos a visitar los palacios más lujosos de Turquía pero también algunos mercados y mezquitas fuera de las rutas más turísticas.
Poco después de las 9:00 estábamos ya frente a las puertas del palacio de Topkapi. Este palacio era una de los monumentos más visitados de Estambul y convenía estar a primera hora, para poder verlo sin aglomeraciones.

El sultán Memeh mandó construir el palacio de Topkapi en 1459 y se convirtió en el centro del poder del Imperio Otomano durante 400 años. Situado junto al Cuerno de Oro y sobre una colina que dominaba el estrecho del Bósforo, sin duda se trataba de uno de los enclaves estratégicos más importantes de la historia de la humanidad.

El palacio estaba conformado por un conjunto de edificios muy diversos e independientes entre sí, en torno a cuatro patios, jaspeado de jardines y protegidos por una muralla de la época bizantina.
Inmediatamente después de entrar, nos dirigimos hacía las dependencias del Harén (o Harem en turco) ya que muchas de sus estancias eran pequeñas y estrechas y convenía visitarlas con poca gente.
En este lugar vivía el sultán con su familia, tenía aproximadamente 300 habitaciones, una decena de baños, dos mezquitas, dormitorios, lavandería… El Harem estaba regido por la madre del sultán y en él habitaban también las esposas del sultán (usualmente 4) con sus hijos, concubinas, sirvientas y eunucos. La mayoría de estas mujeres habían sido capturadas en lugares lejanos por el imperio Otomano en batallas e invasiones por lo que el Harem constituía una lujosa y dorada prisión de la que no podían salir.

Sala de Circuncisión del Palacio de Topkapi

Sala de Circuncisión del Palacio de Topkapi

Recorrimos el Harem, una sucesión de estancias a cual más delicada y bellamente decorada, con una estructura un tanto laberíntica. Las paredes se encontraban cubiertas de hermosos azulejos con motivos florales fundamentalmente en azul y blanco y vidrieras con cristales de colores preciosos. El patio de la Sultana madre era un elegante espacio que lucía altas arquerías y sobre ellas estaba plagado de ventanitas que proporcionaban luz a las estancias.

No era de extrañar que la exótica atmosfera creada en palacios como Topkapi o la Alhambra inspirara a pintores románticos del siglo XIX como Ingres y Delacroix o los españoles Muñoz Degrain y Fortuny que pintaron odaliscas, esclavas, guerreros árabes y escenas orientales.

Salimos del Harem a otro patio abierto por uno de sus lados, desde el que se tenía una panorámica espectacular de Estambul. Seguimos las flechas del itinerario marcado y accedimos a algunas de las habitaciones más suntuosas del palacio de Topkapi: El pabellón de Revan y la sala de Circuncisión.
Llegamos por fin al cuarto y último patio, allí nos sentamos en unos bancos a admirar las vistas del estrecho del Bósforo, el trajín de barcos de gran calado que pasaban incesantemente y el Estambul en su parte asiática, el barrio de Üsküdar.

Antes de irnos, visitamos el entorno del tercer patio que habíamos dejado aparcado. La biblioteca estaba situada en bonito edificio exento en mitad del patio. Mientras que en parte oriental había unas pequeñas salas donde se exponían lujosos trajes de distintos sultanes y el tesoro del palacio, en especial la valiosa daga que había dado lugar incluso a una famosa película en los años 60, protagonizada por Melina Mercury y Peter Ustinov.

Mercado de Üsküdar, en la parte asíática de Estambul

Mercado de Üsküdar, en la parte asíática de Estambul (Foto: Juanjo)

Nos dirigimos al ajetreado puerto de Eminönü, situado en el Cuerno de Oro, y tomamos un ferry para cruzar el Bósforo como cualquier habitante de Estambul. A los turistas sólo nos ofrecían un ferry turístico, que bordeaba los monumentos y que era mucho más caro. En el barco de los locales el trayecto apenas duraba unos minutos pero resultaba espectacular permanecer en cubierta, rodeados por una bandada de gaviotas que hacía piruetas para agarrar lo que les tiraban desde el barco.

Llegamos al otro lado del estrecho, al puerto de Üsküdar, estábamos pisando tierras asiáticas, en mi caso por primera vez, de manera que inmortalizamos el momento con una foto tonta de las nuestras.

El barrio de Üsküdar no era demasiado turístico y gran parte de su encanto era precisamente ese, que podíamos mezclarnos con los vecinos con naturalidad. Muchas veces tuve la sensación de que a los lugares más turísticos les habíamos arrebatado la esencia entre tantos turistas y vendedores.

Gato en la mezquita de Yeni Valide Cami

Mezquita de Yeni Valide Cami (Foto: Pati)

En Üsküdar nos encantó la amabilidad y sencillez de la gente. A unos minutos del puerto se encontraba el Üsküdar Balıkçılar Çarşısı, un mercado no especialmente grande, pero con un género de una calidad que saltaba a la vista. Frutas y verduras traídas del interior de Turquía, primorosamente colocadas, pescados frescos y brillantes recién descargados en el puerto, especias coloridas, tés olorosos y una de mis debilidades: los frutos secos. Compré una bolsa de pistachos con sal y su sabor parecía multiplicado por tres, en comparación con los que había probado en mi país. En un pequeño puesto que hacía esquina te servían un riquísimo zumo de naranja exprimido delante de ti por apenas unos céntimos.

Cruzamos la avenida y visitamos la bonita mezquita otomana de Yeni Valide Cami construida en 1710 y considerada la más importante de Üsküdar. Volvimos a comer a un restaurante dentro del mercado el Derya Deniz Balik Lokantası en el que podías elegir con el dedo el pescado o rodaja que luego te asaban y lo acompañaban con una ensalada. Un plato sencillo y sabroso.

De vuelta al puerto, para retonar a la parte europea de Estambul, nos tropezamos con una tienda de dulces. Los dulces turcos o baklavas también nos pirraban, se elaboran normalmente con pasta de nueces, masa filo, miel y otros frutos secos. Nosotros habíamos estado curioseando los precios en otras tiendas y nos pareció que en la parte asiática era bastante más barato, así que compramos una caja bien cargada.

Subimos al ferry pero esta vez con dirección al muelle de Kabataş, para visitar los jardines y el exterior del palacio de Dolmabahçe, un palacio de clara influencia occidental que reemplazó a Topkapi como residencia del sultán a mediados del siglo XIX. Este alargado edificio resultaba más espectacular desde el mar ya que ocupaba más de medio kilometro de la orilla del Bósforo. Queríamos pasear por el distrito de Beyoğlu, y ya era algo tarde, por lo que no visitamos el interior de Dolmabahçe.

Muy cerca de allí, tomamos el funicular subterráneo que trepaba por la ladera hasta la Plaza Taksim, verdadero epicentro del Estambul moderno. Reconozco que Taksim me sorprendió por su tamaño y por su falta casi absoluta de árboles o mobiliario urbano lo que contribuía a la sensación de amplitud de la plaza. En el centro de la irregular plaza se situaba el Monumento a la República que conmemoraba la creación del estado turco moderno.

Torre Galata surgiendo en mitad de Beyoğlu

Torre Galata surgiendo en mitad de Beyoğlu (Foto: Juanjo)

Bajamos por la avenida İstiklal (İstiklâl Caddesi) una de las arterias comerciales más importantes, acompañados de unos nostálgicos tranvías rojos y estrechos que avanzaban con dificultad entre la maraña de gente. Muchas guías y blogs calificaban esta zona como una de las más interesantes de la ciudad, aunque a nosotros nos pareció que se distinguía muy poco de otras calles comerciales europeas: Restaurantes de comida rápida, tiendas de ropa de conocidas marcas, tiendas de deporte, un pedacito de globalización en el centro de Estambul.

Sin duda lo más interesante se encontraba perdiéndose por las callejas y pasajes adyacentes. Hacia la mitad de İstiklâl nos topamos con la iglesia católica de San Antonio de Padua (Sent Antuan Kilisesi), algo que no dejó de sorprendernos en un país cuya población profesaba la religión musulmana en torno al 96%.
Al cabo de un rato llegamos, por fin, a la Torre Galata, construida por los genoveses en el siglo XIV, cuando Constantinopla era colonia genovesa. En su día la Torre Galata había sido el edificio más alto de la ciudad pero seguía siendo uno de los iconos de la ciudad, pese a encontrarse ahora atosigada por otros edificios menores. Habíamos dejado atrás la parte más moderna y comercial, y esta zona de Beyoğlu resultaba mucho más pintoresca. Nos metimos en un café de la plaza a los pies de la torre y dejamos morir la tarde tomando un largo té.

Enlaces de interés:

Palacio de Topkapi (oficial)
En el Harem (Ana Morales Blog)
El barrio de Üsküdar (Objetivo viajar)
A day in Üsküdar (en inglés)
El barrio de Beyoğlu