
La costa cántabra está salpicada de pueblos preciosos: Comillas, Castro-Urdiales, San Vicente de la Barquera… Pero el interior, mucho más desconocido alberga también lugares con mucho encanto como Carmona, Bárcena Mayor o los Valles Pasiegos.
Cantabria es una tierra afortunada, al norte el océano a veces bravío a veces calmado y al sur, altas montañas que la separan de la meseta. Entre medias una sucesión, casi en paralelo, de preciosos valles verdes por los que discurren ríos y torrentes.

Salpicando esta naturaleza desbordante encontramos infinidad de pueblos con encanto. De hecho, Cantabria cuenta con siete localidades de la asociación de Pueblos más bonitos de España, aunque podrían ser muchos más.
Estas villas han sabido conservar buena parte de su patrimonio histórico y artístico, por ello, los visitantes pueden sentirse transportados varios siglos atrás en las calles de Liérganes, Santillana del Mar o Potes.
Si todo ello lo aderezamos con una exquisita y a menudo contundente gastronomía, tenemos la combinación perfecta.
Nuestra recomendación es que se haga una ruta por Cantabria fuera de temporada, quizá en primavera u otoño, ya que no es ningún secreto que todos estos pueblos son preciosos y pueden estar muy concurridos.
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Paisajes y naturaleza
Cantabria es la tercera Comunidad Autónoma española más pequeña y, sin embargo, cuenta con una variedad asombrosa de paisajes y zonas protegidas.
Entre ellas, casi una cuarta parte del célebre Parque Nacional de los Picos de Europa (que comparte con Asturias y León). Pero también otros parques naturales de gran importancia para la flora y la fauna ibérica como el Parque Natural de Saja-Besaya o el Parque Natural de Oyambre.
Además, Cantabria cuenta con otra veintena de espacios naturales protegidos bajo otras figuras: Lugares de importancia comunitario (LICS) y Zonas de especial protección de aves (ZEPA). Todo ello convierte a esta comunidad autónoma en el paraíso de los amantes de la naturaleza, la fauna, la fotografía o el senderismo.

Patrimonio histórico y artístico
Cantabria es también un libro abierto de arte e historia. Aquí se encuentran las Cuevas de Altamira, con las pinturas prehistóricas más impresionantes de España. Se puede visitar la réplica de las cuevas en la anexa Neocueva en el Museo de Altamira.
En todo caso, si se puede acceder a otras siete cuevas originales con pinturas excepcionales del paleolítico, repartidas por todo el territorio cántabro. Algunas de las más conocidas son la Cueva de El Pendo en Camargo o la Cueva de El Castillo en Puente Viesgo, que se visitan en grupos pequeños previa reserva.
Del paso de los romanos por estas tierras es testimonio la ciudad romana de Juliobriga, cerca de Reinosa, de la que apenas se ha excavado un 10% y cuya visita guiada es tremendamente interesante. Los romanos también fundaron en la costa la colonia de Flaviobriga, por su estratégica situación militar y también como puerto para exportar los metales de la región. La actual Castro-Urdiales se levantó sobre esta antigua ciudad romana.
Ya en época medieval se construyeron docenas de templos románicos entre los que destacan la Colegiata de Santa Juliana de Santillana del Mar, la de Santa Cruz de Castañeda o la de San Pedro de Cervatos.
De estilo gótico merece la pena ver las iglesias de Laredo y Castro-Urdiales, así como las excepcionales y poco conocidas pinturas murales de varias iglesias del municipio de Valdeolea.

De las escasas construcciones de época renacentista en tierras cántabras destaca el Palacio de Velarde en Santillana del Mar. Ya en estilo barroco podemos asombrarnos con el recargado Palacio de Soñanes en Villacarriedo. Aunque lo más destacado del periodo barroco es la arquitectura rural y el numeroso conjunto de casonas montañesas que podemos encontrar en las comarcas de interior, por ejemplo, en Cabuérniga.
Los amantes del modernismo tienen una cita ineludible en la localidad de Comillas donde encontramos “El Capricho” una de las pocas joyas diseñadas por Antoni Gaudí fuera de Cataluña y también algunas obras menores (en tamaño) de Lluis Domenech i Montaner y los hermanos Llimona.
Santander, la capital cántabra, posee los edificios más emblemáticos de los siglos XX y XXI, como por ejemplo el Palacio de la Magdalena, la residencia real, construido en 1915 o el más reciente Centro Botín del afamado arquitecto italiano Renzo Piano.
Gastronomía cántabra
La cocina tradicional cántabra basa muchos de sus platos en los manjares que arriban a los puertos de Laredo, San Vicente de la Barquera o Castro-Urdiales. Merluzas, lubinas, bonitos, almejas, cigalas, besugos o sardinas son sólo algunas de estas codiciadas capturas.

Guisos como el Sorropotún típico de Castro-Urdiales con bonito, patatas y cebolla. O el Pollo marino que se sirve en Laredo, que no es otra cosa que filetes de bonito pasados por harina y fritos como si fueran pollo.
Las rabas (tiras de calamar fritas) y las anchoas de Santoña son algunas de las tapas más comunes en los bares cántabros.
En las localidades de interior ganan protagonismo las legumbres, carnes y verduras con platos muy de la tierruca como el cocido montañés que en muchas comarcas tiene sus variantes y nombre distintivo (cocido lebaniego, cocido pasiego…)
Las carnes son la base de muchos platos de la gastronomía cántabra destacando los que emplean carne de vaca Tudanca o de la Liébana y los embutidos de ciervo o jabalí.
Los quesos merecen mención aparte, ya que con miles de cabezas de vacas, ovejas y cabras pastando en los prados cántabros, la variedad de quesos es inmensa. Tres de estos quesos han alcanzado la denominación de origen protegida: el queso Nata de pasta cremosa, los Quesucos de Liébana y el queso picón, quizá el más conocido, un queso azul que se elabora en unos pocos pueblos de la Liébana y que se puede tomar solo o para elaborar salsas para carnes.
Los lácteos son ingredientes principales de la mayoría de los postres, como la quesada y también de la repostería cuyo representante más famoso es el sobao pasiego con hasta un 27% de mantequilla.

Pueblos bonitos de Cantabria
Castro-Urdiales
En el oriente cántabro, cerca de los límites con el País Vasco, se alza esta villa marinera con una de las estampas más imponentes del norte español.
El puerto, la iglesia de Santa María y el castillo son testimonio de su momento de mayor esplendor, allá por los siglos XII-XIV. De hecho, en 1296 Castro-Urdiales fue nombrada sede de la Hermandad de la Marina, que agrupaba los principales puertos vascos y cántabros de la época.
Luego sobrevino la decadencia, y en la actualidad la economía de Castro-Urdiales se basa en la pesca, la industria conservera y también es un tradicional lugar de veraneo, particularmente de turistas vascos.
Qué ver en Castro-Urdiales
Los principales puntos de interés están todos en torno al puerto. En especial la espléndida Iglesia de Santa María de la Asunción, el mejor ejemplo del gótico en tierras cántabras.
Su situación en lo alto de una pequeña península le ofrece un semblante espléndido, pero a la vez la abandona al azote de los vientos y la corrosión del salitre, por lo que sufre el llamado mal de la piedra. Algo que es muy evidente en su portada, cuyos arcos y capiteles en gran parte se han deshecho como si fueran de arena de playa.
No hay que irse, en todo caso, sin visitar el precioso interior gótico que alcanza los 21 metros de altura y con el añadido posterior de los arcos codales que remediaron la inclinación de las naves laterales.
Junto a la iglesia se levanta el curioso conjunto formado por el castillo de origen medieval y un faro de mediados del siglo XIX. Desde aquí, para bajar al puerto puede tomarse el espléndido puente de un único arco ojival, original del siglo XIII.
Frente al puerto se abre la porticada Plaza del Ayuntamiento, dominada por el robusto edificio consistorial y otros dos laterales llenos de tabernas y restaurantes con buenos pescados y mariscos, muy concurridos en época estival.
El casco antiguo cubre unas pocas calles, pero merece la pena recorrer como mínimo su arteria principal: la estrecha La Rúa y su continuación la calle Ardigales, llenas ambas de bares y tiendas de todo tipo.

Laredo
Casi a mitad camino entre Bilbao y Santander se encuentra Laredo, otra villa marinera muy turística gracias a la inmensa playa de La Salvé, la más extensa de Cantabria con más de 4 km de largo.
Frente a la playa se levantaron numerosos bloques de apartamentos, pero su casco histórico, la conocida Puebla vieja, se ha mantenido libre de grandes construcciones modernas.
Cuando en 1494 Isabel, la Católica fundó el Consulado de Burgos, Laredo se convirtió en el principal puerto del cantábrico que comerciaba con Flandes. Esto propició la prosperidad de la villa, que además ostentó gran parte del tiempo la capitalidad de la Hermandad de las Cuatro Villas. Esta entidad administrativa que perduró durante casi 3 siglos agrupaba a Castro-Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera.
Qué ver en Laredo
El monumento más interesante es sin duda la Iglesia de Santa María de la Asunción construida en el siglo XIII en estilo gótico. Su deteriorada portada todavía muestra en sus arquivoltas estilizados ángeles, apóstoles y doncellas. Mientras que en su interior hay varios puntos de interés como la capilla renacentista de los Escalante o el retablo de Belén.

Las conocidas como Seis rúas o calles son el origen de la Laredo medieval y todavía se puede ver algún lienzo de la primera muralla. Se han preservado dos puertas de aquella época: El arco apuntado gótico de la Puerta del Merenillo y la Puerta de la Virgen Blanca. En esta parte de la Puebla Vieja se conservan algunas antiguas torres y casonas medievales, aunque bastante reformados y en otros casos muy maltrechos.
El aumento de la población obligó a la villa a crecer hacía el sur, levantándose un nuevo cinturón de murallas. En este nuevo barrio conocido como El Arrabal, encontramos otros edificios de interés como el Antiguo Ayuntamiento, el Convento de San Francisco y la Puerta de Bilbao.
Laredo cuenta además con unos miradores excepcionales, si se sube hasta el promontorio donde estaba el ya desaparecido Fuerte del Rastrillar, desde el que se domina la costa a un lado y el otro.
Liérganes
Este encantador pueblecito del interior se encuentra a tan sólo 25 kilómetros Santander, por lo que suele ser una visita muy accesible desde la capital cántabra.

A principios de siglo XVII se instaló en las inmediaciones de Liérganes una importante factoría armamentística. Esta proveyó a la corona española de cañones, artillería y munición necesarios para continuar con las guerras de Flandes.
De aquel momento de abundancia datan muchos de los palacetes, casonas nobiliarias y su airoso puente, quizá el más famoso de Cantabria.
Qué ver en Liérganes
Este pueblo debe recorrerse sin prisa, pasear por sus calles empedradas y admirar las casonas de piedra con sus largas balconadas adornadas con tiestos de plantas y flores.
El mayor reclamo del pueblo es su esbelto Puente Mayor, que aunque muchos piensen que es romano o al menos medieval, se terminó de construir en 1606. Cosa que no le resta, por otro lado, nada de su atractivo. A los pies del puente, un antiguo molino sirve de que escueto museo sobre Francisco de la Vega, el llamado Hombre pez de Liérganes.
La Plaza del Marqués de Valdecilla es probablemente el lugar más interesante de la localidad, ya que está rodeada por casi todos lados de construcciones históricas. Presidiendo la plaza encontramos la Casa de los Cantolla, (una familia de abolengo local) aunque habitualmente se la conoce como la Casa de los Cañones, por las dos grandes piezas de artillería que adornan las esquinas del edificio.

No hay que dejar de recorrer otras pintorescas calles como la de Jean Curtius o Camino Real y admirar la Casa Setién del siglo XVI con algunos elementos platerescos.
Sí que es cierto, que salvo el pequeño Centro de Interpretación del Hombre Pez y un par de iglesias barrocas, Liérganes carece de algún museo o palacete visitable.
Villacarriedo y Selaya
En el corazón de los Valles Pasiegos encontramos las localidades de Villacarriedo y Selaya, separadas apenas por medio kilómetro. Si bien, no tienen un centro histórico propiamente dicho, si poseen edificios con varios siglos de antigüedad de gran interés.
En Villacarriedo hay que dejar atrás la zona nueva y comercial en torno a la carretera y subir por la Avenida de los Escolapios donde se concentran en unos pocos metros varias casonas montañesas, el Colegio de los Escolapios, la Iglesia de San Martín y el espectacular Palacio de Soñanes. Este último es un imponente palacio barroco construido a principios del XVIII. En la actualidad es un hotel de lujo especializado en eventos y bodas.

Por su parte, Selaya conserva varios palacetes y casonas que la nobleza pasiega se construyó allá por los siglos XVI y XVII.
El más deslumbrante es el Palacio de Donadío, que tiene una gran torre central y un gran muro de piedra que rodea toda la propiedad. Otros edificios relevantes son la Casona de Miera, la de Losada y la Casona del Patriarca, convertida hoy en biblioteca y centro de exposiciones.
Selaya, así mismo, es famosa por ser la cuna de uno de los productos identitarios de Cantabria: el sobao pasiego. Aquí podemos encontrar las fábricas y tiendas de Sobaos Joselín, Casa el Macho y Sobaos el Andral.
Siguiendo la carretera en dirección sur se sube el Puerto de La Braguía y se pasa al valle del Pas. Allí encontramos otra localidad interesante: Vega de Pas, rodeada además de una naturaleza exuberante.
Cartes y Riocorvo
Muy cerca de Torrelavega, a ambos lados de la autopista se halla el municipio de Cartes que engloba varios núcleos de población, entre los que destaca Cartes, el de mayor tamaño, pero también la pequeña aldea de Riocorvo.
Por esta región atravesaba el Camino Real, una ruta comercial de gran trascendencia en tiempos pasados ya que conectaba la meseta con la costa cántabra y Santander.
Estos dos pueblos crecieron en torno a la calle del Camino Real y en ella se construyeron palacetes y casonas con largos balcones orientados al mediodía, conocidos como solanas.

El Conjunto histórico de Cartes mantiene todavía su esencia medieval gracias a más de una docena de construcciones entre casonas, palacetes e iglesias datadas entre los siglos XV al XVII.
Entre todas ellas destacan los Torreones de Cartes, una original casa-fuerte que funcionó no sólo como residencia del gobernador, sino también como oficina de portazgo, cárcel o tribunal.
Por su parte, el Conjunto histórico de Riocorvo declarado BIC (Bien de Interés Cultural) es escueto. En realidad, se reduce a los aproximadamente 250 metros de la calle principal, antiguo Camino Real. Sin embargo, Riocorvo posee un encanto arrollador, bien cuidado y como detenido en el tiempo.
Merece la pena fijarse a la Casa del Licenciado Bustamante, de mediados del XVIII, con sus dos grandes arcadas y a la contigua Capilla de San José.
Santillana del Mar
Santillana del Mar es según los datos el pueblo cántabro más visitado. En 2024 alcanzó prácticamente el millón de visitantes, algo que para una localidad de unos 4100 habitantes censados es algo difícil de digerir.

Por otro lado, es normal ya que cuenta con un centro histórico precioso de calles empedradas y bien conservado, plagado de casonas y palacios fundamentalmente de los siglos XV al XVII. Y es que, durante ese tiempo, la villa disfrutó de un periodo de prosperidad en el que las distintas familias nobles pugnaron por construir la residencia más imponente.
Lo cierto es que para poder disfrutar al máximo habría que visitar Santillana del Mar fuera de temporada. Los meses de julio, agosto y la Semana Santa son un hervidero de turistas que habría que evitar en la medida de lo posible.
Qué ver en Santillana del Mar
La Colegiata de Santa Juliana, origen de la población y del propio nombre de la villa es uno de las más excelsas construcciones románicas de España. En su exterior destacan la portada principal y el ábside, pero hay que acceder al interior para admirar la elegante iglesia con su altísima nave central y sobre todo el maravilloso claustro plagado de capiteles finamente tallados.
En el claustro pueden verse columnas dobles y cuádruples con una gran variedad iconográfica, ya que narran temas bíblicos y profanos, pero también muestran animales fantásticos, decoración vegetal y geométrica.

El otro punto de gran interés de la villa es la Plaza Mayor donde se concentran un gran número de edificios históricos. En un costado tenemos el Ayuntamiento con sus cuatro grandes arcadas y muy cerca La Casa del Águila y la de la Parra que han sido cuidadosamente rehabilitadas y hoy se usan como centro de exposiciones.
Frente a estas casas se alza el Parador Nacional de Santillana del Mar en otra casona histórica y junto a él la gótica Torre Don Merino con una clara estructura defensiva. Cerrando la plaza por el lado norte encontramos la Torre de Don Borja, que acoge la Fundación Santillana (el famoso grupo editorial) y que ofrece visitas guiadas.
El resto del centro histórico está salpicado de casonas nobiliarias con sus enormes escudos de armas en lo alto de la fachada. El Convento de Regina Coeli también alberga un museo diocesano con piezas destacables de arte religioso.
Comillas
Muchos pensarán que Comillas lo tiene todo para pasar una buena temporada en ella. Ciertamente Comillas tiene varias playas para elegir, un casco viejo con encanto, una universidad de renombre y un edificio del arquitecto modernista Gaudí que es todo un icono en Cantabria.

Gran parte de los monumentos e instituciones de la villa se deben a Antonio López, Marqués de Comillas, un indiano que volvió a España en 1855 después de enriquecerse en Cuba.
Qué ver en Comillas
La visita guiada a la Villa Quijano más conocida como el Capricho de Gaudí resulta indispensable, para ello conviene reservar con tiempo, especialmente en verano.
Díaz de Quijano, el abogado del Marqués de Comillas encargó al arquitecto catalán una residencia de inspiración oriental y exótica. Gaudí, por su parte, incluyó en la casa múltiples referencias a la música y la botánica que eran las grandes aficiones de Quijano.
Comillas ofrece además la posibilidad de hacer una ruta modernista ya que el marqués hizo construir un palacio (el de Sobrellano), una capilla y la Universidad Pontificia de estilo neogótico y modernista.
El centro histórico se articula en torno a tres plazas contiguas a menudo muy concurridas, con multitud de cafeterías, restaurantes y tiendas de todo tipo. El Ayuntamiento antiguo y la iglesia de San Cristóbal son dos de los edificios más antiguos e ilustres de la villa. Y en otra de las plazas encontramos la joya modernista de Lluis Domenech i Montaner: la preciosa Fuente de los Tres Caños.
Si además también buscamos una playa en la que disfrutar del mar y tostarnos al sol, Comillas tiene una pequeña playa urbana y a unos cuatro kilómetros la preciosa playa de Oyambre, considerada una de las mejores de Cantabria.
San Vicente de la Barquera
Situado a escasos 10 kilómetros de los límites con Asturias, San Vicente de la Barquera es una de las villas históricas más atractivas del litoral cántabro.
El pueblo se sitúa en un enclave natural de gran belleza junto a la ría de San Vicente y sus marismas, con acantilados a un lado y una larga fila de playas al otro. De hecho, todo el entorno y el pueblo están incluidos en el Parque Natural de Oyambre.

Qué ver en San Vicente de la Barquera
El monumento más destacable es la Iglesia de Santa María de los Ángeles de estilo gótico montañés y construida entre los siglos XIII al XVI. En su interior está el sepulcro del inquisidor Antonio del Corro una bella estatua sedente que puede recordar a la del Doncel de Sigüenza.
Junto a la iglesia se halla la Puerta de Asturias o del Peregrino y parte de la antigua muralla medieval.
El Castillo del Rey se levantó en el siglo XIII tras serle concedido los fueros a la villa. Después de una minuciosa rehabilitación hoy funciona como espacio expositivo, además de ofrecer, desde lo alto de la torre, unas vistas excepcionales de la ría.
Otros edificios relevantes del casco histórico son el Palacio de la familia Corro, actual ayuntamiento y la Torre del Preboste.
El Puente de la Maza es todo un prodigio de ingeniería, con sus casi 500 metros de longitud. Este puente de piedra data del siglo XVIII y fue construido sobre uno anterior de tiempos de los Reyes Católicos.
Al otro lado del puente se suceden varias playas entre las que destacan las playas del Rosal y de Merón.

Carmona y Bárcena Mayor
El valle de Cabuérniga es una amplia región del interior de Cantabria a apenas unos 25 kilómetros de Comillas o San Vicente de la Barquera.
Los pueblecitos de Cabuérniga se desparraman, en su mayoría, en torno al río Saja y más allá de los valles solo hay bosques y montañas.
Esta zona ha basado su economía tradicionalmente en la ganadería y la agricultura, pero en los últimos años se han instalado numerosas casas rurales permitiendo la llegada del turismo.
La, hasta no hace mucho recóndita, aldea de Carmona es uno de los lugares con más encanto de Cantabria. Conserva su primitivo trazado urbano y prácticamente toda la villa está compuesta de casas tradicionales montañesas con sus largas balconadas.
El Palacio de los Mier es un imponente palacete flanqueado por dos torreones construido en 1717 y en la actualidad después de la reforma se ha habilitado como hotel.
Al otro lado de la carretera, en la ladera de la montaña se esparce el Barrio de San Pedro, mucho menos turístico y por tanto bastante más auténtico y menos “pintoresco”.

En lo más profundo del Parque Natural de Saja-Besaya aparece Bárcena Mayor, una aldea preciosa como detenida en el tiempo.
A unos 200 metros de las primeras casas se tuvo que construir un amplio aparcamiento de pago para poder albergar los numerosos visitantes que se acercan hasta aquí.
Y es que Bárcena Mayor posee uno de los conjuntos de arquitectura tradicional cántabra más excepcionales que se conservan. Su elemento más distintivo son los largos balcones de madera conocidas como solanas y que suelen estar orientadas al sureste para poder beneficiarse de la luz del sol el máximo tiempo posible.
Tanto Bárcena Mayor como Carmona y otros pequeños pueblos turísticos son muy vulnerables al turismo masivo por lo que al visitarlos se ha de ser especialmente respetuoso.
Además, hay que evitar la simple visita rápida, que no aporta nada al pueblo. Estas aldeas muestran su mejor cara a primera y a última hora del día, sin tanto gentío, por lo que lo ideal es hacer noche en alguna casa rural local y saborear también la gastronomía en sus excelentes restaurantes.

Potes y Mogrovejo
La localidad más importante de la comarca de la Liébana es un punto estratégico para explorar una de las zonas más atractivas de Cantabria.
Potes no sólo posee un conjunto histórico bien conservado de aire medieval, sino que en sus alrededores tiene innumerables lugares de interés.
La Torre del Infantado del siglo XV, antigua residencia de nobles, es su edificio más insigne y acoge en la actualidad el ayuntamiento y una exposición sobre el manuscrito del Beato de Liébana.
En el edificio de al lado encontramos la Casa del Oso un pequeño museo en torno al plantígrado y su población de algo más de 350 ejemplares que sobreviven en la Cordillera Cantábrica.
Un poco más allá confluyen los ríos Deva y Quiviesa, razón por la cual al pueblo se le conoce como la Villa de los puentes, ya que tiene cinco puentes en apenas unos metros. De hecho, probablemente es la palabra “pontes” de la que procede el nombre de la localidad.
Cruzando el río en dirección sur llegamos al barrio de La Solana, el más pintoresco y bonito de la población con sus callejuelas empedradas y sus casonas solariegas construidas en pronunciadas pendientes.
Desde Potes se puede llegar en coche o a pie (a sólo 3 km) al majestuoso Monasterio de Santo Toribio de Liébana de estilo románico y gótico y que alberga valiosas reliquias. El monasterio se encuentra en mitad del conocido como Camino Lebaniego que conecta el Camino Norte y el Camino Francés con destino a Santiago de Compostela.
En los límites del Parque Nacional de los Picos de Europa se halla la bonita aldea de Mogrovejo, de apenas 40 vecinos censados, pero que conserva un conjunto de arquitectura tradicional muy interesante. Mogrovejo se unió a la Asociación de Pueblos más bonitos de España en 2020 y eso lo situó en el mapa para la mayoría y ha hecho que se instalen en el pueblo varios bares y casas rurales.

Cervatos y Valdeolea
La comarca de Campoo – Los Valles, la más meridional de Cantabria, a menudo olvidada y despoblada, quizá no tenga preciosos pueblos con casonas de largos balcones y antiguos palacios nobles.
Por contra los pueblecitos, de esta región limítrofe con Castilla, son rústicos y auténticos, a menudo con casas toscas y meramente funcionales. Pero en algunos de ellos pueden encontrarse verdaderas maravillas del patrimonio histórico y artístico.
Cervatos es una aldea de casas bien cuidadas a apenas 5 kilómetros de Reinosa, la localidad de mayor tamaño de la zona.
Su gran atractivo es la Colegiata de San Pedro, indudablemente una de las joyas del románico en tierras españolas. Este templo es conocido principalmente por sus numerosos relieves y escenas eróticas, algo por otro lado, muy escaso en el románico religioso. Sin embargo, más allá de esta singularidad, la colegiata ofrece un conjunto escultórico excepcional, en portada, canecillos y capiteles.
Para poder visitar el bonito interior hay que concertar la visita con antelación.

El municipio de Valdeolea lo forman una veintena de aldeas que no pasan de 30 habitantes, salvo su capital Mataporquera.
Sin embargo, en tres de estos pueblecitos hay iglesias románicas con excepcionales pinturas góticas en su interior, que siguen siendo tremendamente expresivas incluso en nuestro tiempo.
Son las iglesias de las aldeas de Mata de Hoz, Santa Olalla y Las Henestrosas. Para visitar estos y otros atractivos de la zona hay que ponerse en contacto con el Ayuntamiento de Valdeolea.
Mapa: Los pueblos más bonitos de Cantabria

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